La jornada se apetecía metálica. Estos días eran mis preferidos, cuando los acontecimientos se desarrollaban de manera dura pero acaban dominándose, tal y como se forja una barra de hierro.
Mi hija mayor solía llevar al pequeño al colegio, ya que compartían centro. Muchas veces me pidieron que les acompañara, pero con el tiempo, cualquier queja, reclamación e incluso ruego se convirtieron en una amenazante falta de educación para él. Lo habían educado en un boarding school bastante alejado de su familia, que residía en Santander.
Aunque el clima cambiara poco de su ciudad natal a las entrañas de las islas británicas, el carácter de sus educadores y la disciplina que le impusieron marcaron con trazos simples su personalidad.
Siempre me había resultado un hombre enigmático. Sus alzados exteriores eran blancos, puros, con unas aristas definidas que encajaban con la absoluta imperfección que escondía su interior. Miles de huecos sin encajar, incomunicados y que jamás habían visto la luz le edificaban. Su carácter era frío como el hormigón y, como él mismo decía, los edificios no sufren, son la mayor obra de perfección de sus creadores.
Los padres de mi marido eran intolerantes. Siempre me habían reprochado mis deseos de casarme por la Iglesia siendo una artista de tacones desgastados. Aunque él no les prestara mucha atención, la jerarquía total con la que funcionaba la máquina de la familia, como él mismo la llamaba, hizo que me persuadiera para celebrar el enlace de manera civil. Por supuesto, esto supuso la absoluta nulidad de nuestro estado para todos sus familiares, y el calificativo de “señorita de compañía” que acompañaba por las noches a mi marido.
La religión era un pilar en su vida. Quizás era el más estable de todos, y llegaba a ideologías obsesivas que terminaron por disuadir las pocas expectativas que tuve en volverme creyente. Él se confesaba cada tarde, al anochecer, con el cura que desde su emancipación había guiado la mayor parte de sus actos. Cada día, rezaba dos rosarios por haberse casado conmigo de esa manera tan diabólica, apartada del rito católico.
El interés por las palabra del Señor cada vez se hizo más patente en nuestra relación. Un sábado por la mañana, cogió la caja de herramientas, una docena de paneles de madera y desmontó la habitación de nuestro hijo. Desparramó sus pertenencias en la habitación de su hermana y construyó un altar entre las cuatro paredes. Cada día, al amanecer, la habitación iluminada del este proyectaba la sombra de la Cruz sobre el pasillo del suelo. Cada día, el primer recorrido en vigilia era un vaticinio de lo que ocurriría el resto del día.
Con todo esto, y no satisfecho con el excelente trabajo que desempeñaba como abogado de la empresa constructora que regentaba su familia, decidió iniciar la carrera militar, dejándonos a nuestra suerte en casa. Fueron cinco los años que tuve que trabajar los siete días de la semana, las Nochebuenas y durante las actuaciones que mis hijos representaban con el grupo de teatro del colegio.
Mi empleo era duro. Al haberme enlazado tan joven con alguien que me prometía la absoluta estabilidad emocional, económica y social, decidí dedicarme a mi marido, casa e hijos y olvidar mis fuertes aspiraciones como arquitecta. Decidí salir a encontrar trabajo, y entre las ofertas más suculentas, aparte del de puta, encontré la de un videoclub, una frutería, y la definitiva: el mostrador de Urgencias en un hospital cercano.
Fue un lustro en el que eché de menos a mis hijos y a mi marido, aunque lejos de sus excentricidades, la vida se había vuelto mucho más pacífica y destensada con los pequeños. A pesar de esto, todo tiene su final, y él volvió, aún más poderoso con su rango militar, y con nuevas técnicas disciplinarias con las que aplicaba su propia ley en casa.
Jesús había abandonado toda señal de bondad de su vida.
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