17.2.11

I

Tenía la costumbre de insultarme. Cualquier excusa que forjase un estribo más en el odio entre nosotros era un aliciente para desgarrarme por dentro. Él no levantaba la mano. Según él, la violencia de los elegantes se medía con palabras, no con bofetadas, aunque en alguna ocasión perdiera la compostura y decidiera que la mejor forma de evadirse de su amargura existencial fuese estampando sus frustraciones en una pequeña porción de mi rostro.

Mis hijos tenían doce y dieciséis años. Una tez pálida y enfermiza agonizaba entre las graves ojeras que el insomnio les había provocado. Siendo su madre siempre me arrepentí de haber dejado que les hiciera eso.

Mi día era de lo más ordinario. Un despertar entre el amanecer amarillo que denotaba otro día caluroso y asfixiante en el que el aire más puro se respiraría en mis momentos de soledad. Era entonces cuando podría gritar, llorar y acentuar con tenaz agonía la heroicidad de la supervivencia que suponía este calvario.

El desayuno se servía en total silencio, con la excepción del periódico que pasaba de página automáticamente cada dos minutos y treinta y siete segundos. Este gran trozo de papel le ocultaba el rostro, y con suerte, una mirada que helaría mis adentros hasta su vuelta a casa. Entre una mezcla de amarga satisfacción y dulzor por la sacarina que endulzaba mis mañanas, la fuerte artificialidad con la que representábamos cada día nuestros papeles se volvía cada vez más apagada y forzada. Sin embargo, en casa, todo punto y aparte se marcaba con un golpe seco.

Al fin llegaba la hora de preparar a los niños para el colegio y, con ello, el traqueteo de las llaves en su bolsillo y el desmesurado “Ya nos veremos luego” con el que se despedía cada mañana. La puerta se abría momentos más tarde y una corriente de aire fresco ventilaba la casa.

Por fin se había marchado, pero para qué trazar un esbozo de sonrisa; él acabaría volviendo nueve horas más tarde y la noche volvería a cernerse como ocurría de manera cíclica, incesante y tortuosa.

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