Su hijo pequeño se refugiaba en la soledad de sus terrores nocturnos. La angustia aumentaba conforme las sombras de los cipreses se alongaban a través de la tierra húmeda del invierno. La luz pasaba de ser blanca y brillante a ser anaranjada y tenue. Con el tiempo, aprendió a aferrarse a los pequeños rayos de luz que se adentraban en las tinieblas de su mente.
Todo había comenzado con once años. La sucesión de inexplicables sucesos en su familia se había vuelto algo normal. Su padre siempre estaba fuera, no tenía ni voz ni voto en su corazón. Sin embargo, su madre siempre había compartido todo con él. La certeza de saber que ella iba a ser su fiel amiga, la conductora del difícil camino que quedaba aún por delante era el único condicionante que lo convertía en un niño feliz.
Desde el amanecer, el día era azul con su madre. Cualquier paisaje nuevo y voz desconocida estaban acompañados de un abrazo. Todo se curaba en un momento. El contador se situaba en cero y la carrera comenzaba una vez más.
El colegio era un lugar insoportable. Los niños nunca habían sido partidarios de gratificarle su carácter benévolo, ya que era más maduro insultarle y crearle complejos que persistirían de por vida. Seguramente era una crueldad propia de adolescentes, pero nunca nadie se preocupó por evitarle el sufrimiento que suponía escuchar esas mismas palabras día tras día, las amenazas por su carácter afeminado o el desprecio que suponía ignorarle cuando hablaba.
Con todo esto, cada noche se sumía en un abismo cada vez mayor. La soledad de la habitación se rompía con los gritos de ayuda que profería a su madre. La noche nunca terminaba. Con varios meses de insomnio a las espaldas, su madre decidió llevarle a un psicólogo para que lo ayudara a dormir. El profesional, con gran sorpresa, le diagnosticó terror al sufrimiento. Con tan solo doce años, sabía lo que era pasar miedo verdadero, y el miedo a volver a sentirlo le atrapaba en un círculo vicioso del que ninguna criatura podría haber salido solo.
Sin embargo, la decisión de no volver a ese psicólogo volvió a sumir al niño en historias inventadas por su madre, que cuadraran un descuadre en la línea temporal que suponía la historia familiar.
Viéndose sumido ya en una vida desgraciada, él pudo encontrar un refugio entre doce canciones y las páginas de una enciclopedia que aún le sirven de evasión de un mundo tan cruel como es este. Cada tarde, la luz de su flexo iluminaba los deberes que devoraba para conseguir llegar a la meta. Se esforzaba con cada gramo de aliento que espiraba.
Con el corazón algo más frío y la mente adelantada a cualquier persona de su edad, consiguió llegar al lugar que le había curado su insomnio. Vivió durante siete días su sueño. Pudo recolectar cada pequeño recuerdo que le ayudaría a superar los años que aún quedaban para volver.
Para él, haber cumplido ese sueño suponía un punto de partida para el siguiente. Una vez alcanzado uno, se le antojaba imposible no poder conseguir llevar a cabo el resto. Así que decidió perder todos los kilos que habían llenado el vacío durante tantos años. En dos años, la ilusión de mirarse al espejo y verse cada día más delgado nutría con esperanza cada discusión que atormentaban las paredes de su habitación.
Cada día los gritos, las discusiones y los golpes eran mayores. La soledad que se respiraba detrás de cada portazo era palpable nada más entrar en la casa; su olor, nauseabundo. Nada más lejos de un hogar.
Un año más tarde, en el limbo entre la infancia y la madurez, el peor acontecimiento de su vida marcó un punto de inflexión en cualquier logro que hubiera conseguido con su esfuerzo. La criatura volvía a casa en un día caluroso de primavera. Los soportales que refrescaban del sol punzante del sur sufrían destellos de luz de ambulancias. Con rapidez, un equipo de urgencias le apartó del paso para subir en ascensor.
La llegada a casa no pudo ser más lúgubre. Un aire gélido, un ruido dramático de líquidos y jeringuillas sonaba distante de la puerta del piso. Segundos más tardes, la imagen que le clavó una soga al corazón se grababa con fuego en su mente. Fotograma tras fotograma, el derrumbe de una paz ficticia que le había llenado durante tantos años se iba desarrollando sin argumento ni pausa.
A partir de aquí, la caída de su madre se convirtió en un derrumbe de toda una familia. La historia de una enfermedad crónica que iba a desendulzar los últimos resquicios de adolescencia provocó un sentimiento continuo de amargura. Nada podría llenarle a partir de entonces, ni la cerveza que conseguía mintiendo sobre su edad en bares, ni el tabaco que le saciaba por una milésima de segundo, ni la persistente compañía de personas que iban y venían cada semana y cada mes. Nadie se quedaba en su vida, nada era seguro. La aventura carecía de control.
Las caídas libres no supondrían tanto dolor si se acompañaban de una persona que de verdad supiera consolar el dolor que provocaba ver a una madre queriendo morir, alejándose del amor de un hijo que había dedicado diecisiete años a hacerla feliz. Sin embargo, nadie quiso convivir con una persona que necesitaba repetirse tantas veces que la culpa no era suya, que merecía vivir y ser querido, como lo hacía el resto de seres humanos.
Los años le enseñaron amar, a alejarse de esos resquicios de putrefacción que tan difíciles son de curar. La vida le enseñó que no había forma mejor de evitar repetir una historia que cambiar los acontecimientos. Con esto pudo salir adelante.
A día de hoy, su mayor miedo sigue siendo la soledad, aquella que acariciaba por la noche de manera sutil, que violaba su mente y dejaba su alma separada en dos.
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