16.3.11

Era el paisaje. Negro.

Notas agudas de fuste blanda se abrían paso a través del traqueteo del tren, que ensordecía la ternura del campo de lienzo firme. Sin embargo, ella seguía rezagada del resto, jugando entre la maleza seca que la primavera iba trazando. Ella escuchaba la música de su respiración, de las hojas y de un sinfín de insectos que cantaban para ella. Imaginaba esa melodía que se repetía en su cabeza: eran cinco o seis notas que enternecían las sombras que dejaba el sol de media tarde. Con el último suspiro antes de dejarse caer rendida sobre el verde, la máquina de hierro se dejó de oir.

Firmó la carta de despedida con una sonrisa. Amarilla.

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