29.4.10




A veces la soledad es buena compañía. Cuando el color nos satura, la música estalla en los oídos, las palabras ajenas nos zumban en el cerebro y el tráfico nos quema, es regalo de la naturaleza un árbol y un campo verde. Da igual quién se siente debajo, no hay marcas de propiedad ni reminiscencias culturales, es libertad.

No importa si llueve sobre tu piel o el sol te tuesta lentamente, tu mejor amigo está contigo, acariciando palmo a palmo tu espíritu, tratando de calmar las necesidades primarias que tenemos las personas fuera del bullicio que nos eleva a una altura donde dejamos de lado la vida.

Tratar de descomponer cada pieza del puzzle que es nuestro día a día se convierte en una tarea árdua, los árboles comienzan a inquietarse con nuestra mirada perdida y se agitan pidiendo nuestra calma.

Un impulso te hace levantar para volver al enjambre y terminar las tareas pendientes, pero, al mirar atrás, a esa calle con una iglesia y casas de ladrillo rojo en serie, te preguntas para qué haces cada acto durante tu breve vida. El progreso pierde su sentido conforme la palabra se va repitiendo de manera incordiante en la mente.

Tomas asiento de nuevo, sobre el tronco que te ofrece sus capas ancianas como refugio del mundo al que le estás dando la espalda. Aunque su diámetro sea de poco menos de un metro, separa un mundo de otro.

Cierras los ojos y dejas que el sonido de las gotas te deje sumido en pensamientos felices, y justo cuando vas a alcanzar ese momento de paz mental que supone un pico de felicidad en un sinfín de días similares, suena la bocina del coche de uno de esos engendros a los que pertenecías hasta hace un momento.

Caminando con pesar, vuelves a la acera y te diriges de nuevo al videojuego en el que se ha convertido tu vida.

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